Érase una vez,
hace muchos, muchos años, en el lejano y próspero reino de Zapagne, una pareja feliz. La suya no era la sublime felicidad de los ángeles que contemplan el universo con beatífica inocencia.
Un roman photo produit par AlmaSoror dans le cadre de VillaBar
Photos de Isabelle Ferrier, Dominique et Sara
Les acteurs sont les clients du Piston Pélican. Merci d'être venus et d'avoir posé...
hace muchos, muchos años, en el lejano y próspero reino de Zapagne, una pareja feliz. La suya no era la sublime felicidad de los ángeles que contemplan el universo con beatífica inocencia.
No, la felicidad de nuestra pareja era equilibrada, elegante, espiritual y sensual a la vez, perfecta en su armonía de contrarios; era esa felicidad del “y vivieron felices y comieron perdices” con que tantos cuentos llegan al final. Sí, en efecto, amigos míos, el gallardo príncipe Esteban Mendoza de Kevinade y su bella princesa Belinda Hermosilla, apenas seis meses después de su apoteósico enlace nupcial, se aburrían mortalmente.
Aquella noche no era distinta a las demás. Sentados a la mesa con esa sosegada resignación que sólo una perfecta vida conyugal puede proporcionar, esperaban su ración diaria de perdices.
Los pensamientos del príncipe Esteban parecían volar hacia una época no tan lejana, cuando su espíritu libre y conquistador descubría sin cesar tiernas presas de las que su cuerpo se apoderaba en un abrir y cerrar de ojos. Y la mirada de Belinda, soñadora como pocas, sugería el anhelo de esos días en que su príncipe la cortejaba, atravesaba mil peligros para salvarla y finalmente la tomaba virilmente en sus brazos.
La puerta del salón se abrió y en lugar de las fuentes de perdices apareció la familiar e hiperactiva figura de Olive Danier, seguida a duras penas por el mayordomo. Olive, marquesa de Cotillón, era la mejor amiga de Belinda en la Corte y entraba y salía a su antojo por las puertas de Palacio, casi siempre
“Esteban, tu padre el Rey necesita urgentemente que vayas a verlo”. El Príncipe se levantó de inmediato y abandonó el salón, dejando solas a las dos mujeres. Entonces, Olive, con gesto cómplice, deslizó un papel doblado en las manos de Belinda. “Es de un admirador secreto”, le dijo. Belinda leyó en voz alta: “Amor mío, espérame a la diez en tu habitación y todo será como tú quieres que sea, firmado: tu amor verdadero”. No pudieron reprimir una exclamación de sorpresa y excitación. “¿Quién te lo ha dado?”, preguntó a su amiga. “No te lo puedo decir”, respondió Olive, pero Belinda estaba segura. Tenía que ser de Esteban. ¿Quién si no firmaría como su “amor verdadero”? Esteban buscaba salvar su matrimonio
Mientras Belinda esperaba a su amado en la habitación, Olive, lejos ya de allí, se tocaba el corazón con gesto culpable. Y es que ella sabía que el visitante misterioso no era Esteban, quien quizás no volvería ya nunca más al reino.
La puerta se abrió muy lentamente, al tiempo que Belinda, sentada frente a ella, esbozaba una sonrisa. Una sombra se introdujo en la estancia y se aproximó despacio hasta arrodilllarse ante ella. Entonces el brillo plateado de una lanza la hizo comprender: ¡era el Conde Drag Cool! “¿Qué haces aquí?”, gritó. “No te enfades, amor mío, he venido a salvarte del tedio. ¡Ven conmigo y serás feliz!” La princesa no pudo evitar estremecerse hasta lo más
la había asediado sin descanso un año antes e incluso había intentado raptarla, hasta que Esteban lo derrotó con su espada. Ella creía que el conde había muerto, pero ahí estaba otra vez. “¡Jamás me iré contigo! ¡Jamás! ¿Dónde está Esteban? ¡Guardias!” Se oyeron pasos apresurados que se acercaban y el Conde Drag se abalanzó hacia la ventana y huyó.
Ya a salvo en la oscuridad, en su mirada brilló un destello frío como la hoja de su lanza. Ya se había encargado de Esteban y ahora se vengaría de ella. Lamentaría toda su vida haberle despreciado.
Y entonces los convocó.
siguiente el bosque entero enmudeció al paso espectral de los tres espíritus del mal que allí se habían congregado. Junto a la gelidez del Conde Drag Cool, la siniestra figura del Archiduque Andreï Tarkov y la exquisitamente depravada presencia de la Baronesa Venexiana Atlantica avanzaban lentamente con sepulcral determinación. A la salida del bosque, aquella procesión de muerte no dudó. Tomó el camino que les llevaría directamente... ¡al pueblo de Belinda! La princesa había sido criada en una casa humilde —esta es otra historia, amigos— en una aldea a varias leguas del palacio. En ese pueblo habitaban su familia y sus amigos de la infancia. Y hacia allí se dirigía el Escuadrón de la Muerte.
la escena tuvo que ser espeluznante. Los tres enviados del mal rivalizaban en palidez y sus miradas destilaban sed de dolor (ajeno, sin duda).
Ahí estaba la Baronesa Venexiana Atlantica; altiva, cruel y dañina como el más depravado personaje de la más depravada de sus lúgubres canciones.
Drag Cool la consideraba su hermana de sangre y ella nunca le había fallado, siempre había estado dispuesta a destruir, torturar o matar por él.
Y, junto a ella, el Archiduque Andreï Tarkov, caballero negro de mirada entumecida que un día entregó su alma a la causa de la devastación de un mundo irremisiblemente plagado de
Las tres sombras del averno sembraron el terror en el desprevenido y durmiente pueblo.
También entre los niños, si bien las exigencias de la corrección política nos obligan a preservar sus identidades. No es así con las de los adultos, cuyo dolor puede tener nombres y apellidos. Tal es el caso de la dulce Mavra Nicolaievna Vonogrochneïeva, que sufrió una terrible crisis de ansiedad.
O el del hermano pequeño de Belinda, Felipito Hermosilla, que quedó paralizado por el terror. Las escenas de pánico se sucedieron hasta que, con los habitantes del pueblo ya a su merced, Venexiana y Drag decidieron llevarse a la mitad de ellos prisioneros.
...al conocer los trágicos hechos de McDeep, pues ese era el nombre del pueblo. Sin su Príncipe —¿qué habría sido de él?—, con sus seres queridos muertos o en manos de los malvados, su situación era desesperada. Hasta que recordó al Caballero Stanislas Tichy, de cuyo legendario valor ella había oído hablar desde el primer día que pisó Palacio. Lo mandó llamar.
—Caballero, la felicidad del Reino está en vuestras manos—casi le sollozó la princesa, al tiempo que no pudo evitar admirarse ante la apostura y fortaleza de Stanislas.
—Mi Señora, liberaré a los vuestros estén donde estén. Esos villanos pagarán cara su afrenta.
La Princesa sintió que su corazón latía más fuerte al verlo...
El Caballero Tichy cabalgó día y noche por las tierras de Zapagne, sin apenas pararse a descansar, pero nadie podía decirle qué había sido de los infelices habitantes de McDeep ni de sus despiadados secuestradores. Hasta que un atardecer, al aproximarse exhausto con su montura a un pequeño lago junto al bosque, vio en su orilla la figura de un unicornio que bebía. Se acercó y pudo observar que las aguas devolvían la imagen del unicornio coronada de algodones. ¡Era un unicornio de cuatro algodones! Todo el mundo sabía que sólo los más sabios y mágicos de entre los unicornios tenían derecho a ostentar en su reflejo una corona de cuatro algodones, así que el Caballero Stanislas no dudó en preguntarle: “Oh...
¿sabes algo de las pobres gentes de McDeep? Me propongo salvarlos, pero no sé dónde hacerlo.” Un eructo celestial fue su primera respuesta, pero después añadió: “¡Pregúntale al Duendecillo Elegante, hombre!”
Sorprendió al Duendecillo Elegante colocándose el sombrero en la puerta de su casa, horadada en el tronco del árbol más grande del bosque. Por fin alguien podía informarle.
A algunas leguas de allí, el Escuadrón disfrutaba torturando a sus pobres víctimas, a las que susurraban al oído las terribles vejaciones y tormentos a los que estaban a punto de someterlas. Algunos lograban dominar su miedo, como Leonardo Dantés, primo segundo de Belinda, pero otros, como
¿Lograría el bravo Caballero Stanislas Tichy llegar a tiempo de impedir el completo genocidio que estaba a punto de cometerse? ¿Podría cumplir su palabra de salvar a los familiares y amigos de Belinda de una muerte cierta y dar su merecido al temible Escuadrón?
Pues no llegó a tiempo. ¡Ja! ¡Es broma, amigos! Justo cuando Drag Cool se disponía a traspasar con su espada a una doncella, apareció Stanislas en la entrada de la guarida a lomos de su moteado corcel. Se hizo el silencio. Drag Cool y Andreï Tarkov lo miraron desafiantes, con la avidez de la destrucción reflejada en sus ojos. El valiente Caballero no se amilanó. Bajó del corcel y se acercó a ellos plantándoles cara.
y el propio Stanislas. Y entonces se desató una tormenta de metales entrechocados, golpes, gritos y estocadas. La confusión era absoluta. Los prisioneros imploraban auxilio y Venexiana Atlantica observaba la lucha con incontenible exitación.
Hasta que, cuando todo parecía perdido para Stanislas, dos certeros mandobles del bravo Caballero alcanzaron mortalmente a sus atacantes. Cuando Venexiana vio desplomarse a Drag Cool, su rostro se transformó en una horrible mueca de locura y con voz demoníaca empezó a cantar la más terrible y estridente melodía, repitiendo una y otra vez : ...
y si todos los personajes tuvieron su justo premio o castigo. Pues bien, supo Belinda el mismo día del rescate que Esteban la había abandonado tras enterarse a través de un sirviente sobornado por Drag Cool de que ella no había llegado virgen al matrimonio. Belinda, lejos de indignarse por la noticia, se entusiasmó con la perspectiva de caer en los brazos del Héroe de McDeep.
Sin embargo... Stanislas tuvo que confesarle que amaba a otra, así que Belinda acabó perdonando a Esteban (y convenciéndole de que sí se casó virgen), contrataron a un asesor matrimonial y así lograron prolongar su amor perfecto durante un año más.
¿a quién amaba el valiente Stanislas? ¿De verdad no lo sabéis? ¿A quién amaba Tarkov? ¿A quién amaba realmente Drag Cool? ¿A quién perdió Venexciana? Obviamente, amigos míos, ¡a mí, Lilas L.S. Snuk!
Exactamente igual que todos vosotros no amáis a nadie más que a mí. Y sabéis que yo os amo a todos. Pero esta vez, aunque sólo sea por lo que demostró con su intento de suicidio al creerme muerta, mi amor verdadero se lo ha ganado Stanislas Tichy, el Caballero Valiente.